
Domingo de lluvia, tranquilo y pausado.
Abajo, en el Real, los sevillanos colocan los últimos farolillos y bombillas, alisan los encajes y cortinas, límpian los espejos y adornos, engalanan el recinto, atiborran las neveras de bebidas prestas a ser devoradas, repasan los cedés con la música que en breve hará bailar alégremente a los visitantes, colocan las mesas y las silas, esparcen de nuevo el alvero, adiestran estratégicamente a los seguratas que controlarán el acceso a la caseta, ultiman la cita para el inminente pescaito, atildan los trajes y vestidos, los más afortunados los carros y caballos, esperan impacientes el alumbrao y todos se disponen a vivir la Feria.
Abajo, en el Real, los sevillanos colocan los últimos farolillos y bombillas, alisan los encajes y cortinas, límpian los espejos y adornos, engalanan el recinto, atiborran las neveras de bebidas prestas a ser devoradas, repasan los cedés con la música que en breve hará bailar alégremente a los visitantes, colocan las mesas y las silas, esparcen de nuevo el alvero, adiestran estratégicamente a los seguratas que controlarán el acceso a la caseta, ultiman la cita para el inminente pescaito, atildan los trajes y vestidos, los más afortunados los carros y caballos, esperan impacientes el alumbrao y todos se disponen a vivir la Feria.
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