Creo que todos hemos soñado con ir alguna vez a New York. Yo he podido hacerlo este verano.
El cine y la literatura nos la han mostrado tantas veces que tenemos la sensación de casi haber estado en ella. Y, en efecto, al caminar por sus tantas veces visionadas calles y avenidas, al viajar en su peliculero metro, subir al ferry, atravesar sus puentes, tomar un café o mezclarte con la enorme multitud de apresuradas personas y personajes que caminan sin cesar, todo te parece como muy familiar, muy conocido, un perfecto déjà vu.
Una vez superados los interminables y paranoicos trámites de la aduana, estuvimos cerca de dos horas en una lóbrega y sucia comisaría de policía esperando quien sabe qué, y ya fuera del aeropuerto, te sorprende la cantidad de gente que habla castellano. Tu llevas repasado el poquito inglés que sabes y apenas lo utilizas, no hace casi falta. Tomas un taxi (52$) hacia Manhattan y poco a poco empiezas a alucinar. Comienzas a intuir, entre una neblina, una silueta que te es muy, muy familiar. Los altos y abigarrados edificios que simbolizan a esta ciudad se van acercando a medida que el coche avanza, rodeado de taxis amarillos, por un puente metálico remachado de grandes tornillos.
Entras en Manhattan, el cuello te duele de tanto girarlo y alzarlo, la mirada no alcanza a ver el cielo oculto tras las enormes construcciones, las aceras están totalmente ocupadas por una multitud de transeuntes de todas las razas y culturas, gigantescos camiones recorren majestuosamente las calles, los bomberos se despliegan en una esquina, las archiconocidas camisas azules de la policia se tornan omnipresentes. Tienes la sensación de estar en el centro del mundo.
Así empieza la aventura neoyorkina.
0 comments:
Post a Comment