Monday, April 3, 2006

El problema de M

(Pintura de Edvard Munch)

M tenía un verdadero problema. Sólo se enamoraba de hombres casados.

El hecho de que todos fueran hombres casados o con pareja formal no era el problema, eso implicaba tener que enfrentarse a algunas dificultades logísticas para conseguir cerrar los encuentros y tener que asumir esa sensación de vivir en permanente clandestinidad que conllevan las relaciones prohibidas, pero no era el problema.


El problema tampoco era despertar cada mañana en una cama aún caliente pero vacía -ya se había acostumbrado al abandono prematuro, nocturno y culpable de sus compañeros- ni desconocer el placer de compartir el desayuno después de una noche de abrazos y jadeos.


El problema tampoco era esa frustrante sensación de soledad que la acompañaba casi siempre, ni siquiera sus constantes y reiterativas dudas acerca de la bondad de sus relaciones.


El problema era que sólo se enamoraba de hombres casados y que su íntimo y tenaz deseo era que cada uno de esos hombres dejara a su pareja para iniciar otra vida con ella pero, claro, cuando alguno lo hacía dejaba de ser un hombre casado y entonces M se desenamoraba y buscaba otro hombre casado, y volvía a empezar.

Ese si era el verdadero problema de M.

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