Te debo una vida, le dijo Manuel.
Y era cierto. Manuel le debía una vida, quizás más de una, pero ¿cómo se cuantifica el valor de una vida? ¿cómo se hace efectivo el pago de una vida?. No eran respuestas fáciles.
Cuando Manuel le reconoció su deuda lo dijo casi sin pensar, sentía que era cierto y lo expuso sin más, sin esperar respuesta, sin sopesar que las deudas hay que pagarlas, es más, sin saber con certeza si podía pagarla.
Pero lo dijo, lo dijo con sinceridad, casi con ingenuidad, le parecía tan obvio que las cuatro palabras manaron plácidamente de sus labios vadeando el tamiz de la cobardía.
Se sentía en deuda con ella, sabía que le debía la vida que le había permitido conocer, que le había permitido compartir, que le había enseñado que existía, que le había hecho recuperar la ilusión, la risa, el llanto, el deseo.
Además le debía la vida que le negó, que no fue capaz de darle y que ella si estaba dispuesta a dar. Tan sencillo y tan difícil a la vez.
Y era cierto. Manuel le debía una vida, quizás más de una, pero ¿cómo se cuantifica el valor de una vida? ¿cómo se hace efectivo el pago de una vida?. No eran respuestas fáciles.
Cuando Manuel le reconoció su deuda lo dijo casi sin pensar, sentía que era cierto y lo expuso sin más, sin esperar respuesta, sin sopesar que las deudas hay que pagarlas, es más, sin saber con certeza si podía pagarla.
Pero lo dijo, lo dijo con sinceridad, casi con ingenuidad, le parecía tan obvio que las cuatro palabras manaron plácidamente de sus labios vadeando el tamiz de la cobardía.
Se sentía en deuda con ella, sabía que le debía la vida que le había permitido conocer, que le había permitido compartir, que le había enseñado que existía, que le había hecho recuperar la ilusión, la risa, el llanto, el deseo.
Además le debía la vida que le negó, que no fue capaz de darle y que ella si estaba dispuesta a dar. Tan sencillo y tan difícil a la vez.
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